Salté desde muy alto y me precipité al vacío. Quería comprobar si era cierto que podía estrellarme contra el suelo. Necesitaba una verdad. Algo en lo que creer. El vértigo, el miedo y lo desconocido se apoderaron de mi.
Pude apreciar el estallido de mi cuerpo contra el asfalto. Y confieso que fue mucho menos doloroso que observar como, de repente, todas las certidumbres que habían guiado mi vida caían ante mis pies como una triste mofa.

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